¿La pareja está en vías de extinción?

En tiempos en que el individualismo prevalece y luchar por sacar adelante una relación parece un sinsentido, Alvaro Alcuri analiza la viabilidad de este proyect
Publicado el 11.01.2023  - 10 minutos
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Por Patricia Mántaras
@patimantaras

En tiempos en que el individualismo prevalece y luchar por sacar adelante una relación parece un sinsentido, Alvaro Alcuri analiza la viabilidad de este proyecto de vida y sus posibles formas de supervivencia en su libro La pareja ya fue

Hay un nuevo anglicismo de esos que vienen a ponerle nombre a un fenómeno ya impuesto en los vínculos humanos: supersingle. Los supersolteros son eso, personas que en solitario están muy bien, que no necesitan de otro para pasar un buen rato, ir al cine o de vacaciones. Se tienen a sí mismos y con eso basta. Es una manifestación más de la tendencia individualista de una sociedad que cada vez tiene más gente viviendo por su cuenta y celebrando la independencia de no estar atado a nadie.

Aunque parece algo reciente, según un estudio de 2015 de la Universidad de Waterloo, el mundo empezó a volverse más individualista hace más de 100 años y, a partir de los baby boomers —nacidos entre fines de los 40 y mediados de los 60—, esa tendencia de los humanos a verse menos condicionados por los mandatos familiares y más libres se exacerbó. Pero fueron los millennials quienes terminaron de desterrar el carácter imprescindible de aquellas construcciones en las que se sustentaban las vidas privadas de las personas: las familias.

Ahora todo es opcional. Afortunadamente, las conquistas de las mujeres las han provisto de derechos y libertades que no las obligan a comprometerse con vidas que no quieren ni a sumarse en proyectos que no las satisfacen. Este factor, que tiró abajo un sinfín de normas no escritas sumamente limitantes respecto al rol femenino en la pareja, tiene su lado B: la ausencia de un conjunto de reglas que marquen al menos las bases de una convivencia apacible. Cuando las opciones son infinitas, ¿qué se elige? Cuando no se puede dar nada por sentado, ¿desde dónde se parte? ¿Dónde empiezan las negociaciones? Álvaro Alcuri plantea algunas preguntas más concretas aún: “¿Quién cocina? ¿Quién cuida al niño? ¿Quién lleva el auto al taller o destapa el caño?”. “Antes lo sabíamos, ahora no”, se responde el psicólogo en su reciente libro La pareja ya fue. Cómo volver a creer en una forma de vivir casi en desuso. El igualitarismo llevó a una lógica conflictividad que algo tiene de lucha de poderes. “Se supone que al formar una pareja jugamos en el mismo equipo. ¿Cómo hacemos para ser socios y competidores a la vez?”. En esa confusión inicial radican las diferencias y el conflicto.

Formas de emparejarse. Ya no existe una única manera de estar en pareja. El matrimonio dejó de ser el destino evidente del hombre y la mujer, y tampoco lo es el tener hijos y formar una familia.

Hay relaciones monogámicas o poliamorosas; hay relaciones abiertas y parejas que viven en casas separadas (LAT: Living Apart Together) o incluso en ciudades o países distintos. Cada quien elige su camino y la forma y medida en que quiere estar acompañado. Si es que quiere estarlo. Por eso es cada vez más habitual ver parejas que manejan su dinero de manera independiente. Puede seguir existiendo un fondo común, pero cada uno se reserva una porción de sus ingresos para gestionarlo a su antojo.

“En el mundo posmoderno el principal bien es la libertad, cada uno dependiendo nada más que de sí mismo”, escribe Alcuri. “No importa si esto es posible en los hechos, alcanza con que lo creamos para intentar vivir así”. Como el vocalista de una banda que está siempre preparado para lanzar su carrera solista.

Sin embargo, es difícil pensar en una forma de pareja que no involucre una preocupación por el otro y el impulso de cuidarlo. Estos dos ingredientes, según El arte de amar (1956), de Erich Fromm, confluyen en una palabra que ha ido cobrando una connotación negativa: responsabilidad. “Hoy en día se suele usar ese término para denotar un deber, algo impuesto desde el exterior, pero la responsabilidad, en su verdadero sentido, es un acto enteramente voluntario, constituye mi respuesta a las necesidades, expresadas o no, de otro ser humano. Ser ‘responsable’ significa estar listo y dispuesto a ‘responder’. Esa tendencia a no depender del otro y a que el otro no dependa de uno resulta, al menos, contradictoria con la definición más elemental de pareja que manejábamos en la cultura contemporánea occidental.

Alcuri, que habla del fin de la pareja, también habla de la “herida de muerte” que ha sufrido “la familia patriarcal a la antigua”; “el feminismo, el liberalismo, los avances en materia de derechos, el acceso masivo a fuentes de trabajo, sendas revoluciones culturales, la han hecho obsoleta. Sin embargo, no hemos sustituido a la familia por otra construcción que nos permita vivir juntos. Hasta donde sabemos, todavía estamos buscando una nueva manera de formar familias”, escribe.

Según un trabajo de la Universidad de Málaga basado en el análisis de datos de dos grandes encuestas de 2018, así como del resultado de focus groups y entrevistas en profundidad a 27 parejas, es “paradójico cómo una sociedad tan familiarista como la española, donde todo está lleno de imágenes de la familia, donde los mejores momentos los achacamos a la familia, los hijos tengan tan poco valor”. Para Luis Ayuso, catedrático de Sociología de esa universidad, la baja en los índices de natalidad que muestra su país se atribuye a factores económicos, pero de acuerdo a sus investigaciones hay factores culturales involucrados también: “Lo que dicen las encuestas ahora es que tener hijos no te da prestigio social. Antes, sí”.

De las parejas que participaron en el estudio se desprende que la construcción social actual de la felicidad se sostiene en un vínculo de pareja que no necesita descendencia para sentirse completo y que evita responsabilidades que sean de por vida.

Consumidores exigentes. La sociedad de consumo se ha extendido a las relaciones humanas, coinciden los expertos. Como quien consume un servicio de streaming o una bebida refrescante, nos hemos vuelto consumidores de vínculos y, además, exigentes. Las apps de citas son un claro ejemplo de cómo elegimos una potencial pareja como quien elige un modelo de jean. En esa lógica, el otro se vuelve un bien o un servicio que debe satisfacer las necesidades personales de su pareja. Es lo que buscan, por definición, los supersingles.

José Antonio Marina, filósofo español, explora en las emociones y las pulsiones que hoy guían la búsqueda de la felicidad en su último libro: El deseo interminable. En una entrevista con El País de Madrid explica que, a su entender, hay dos tipos de felicidad: una felicidad en minúscula y otra en mayúscula. Esta última es la que llama felicidad social o pública, que tiene que ver con la idea de justicia, con la ética. Para que exista la primera, que es la felicidad privada, tiene que estar ese marco de felicidad pública. Sin embargo, estamos olvidando esta dialéctica “con demasiada facilidad”: “Que se haya puesto de moda la felicidad es catastrófico”, opina. “Es una vuelta al narcisismo. Se está encerrando a la persona en su felicidad y rompiendo el lazo con la felicidad social”, asegura.

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Ese listado de requisitos que debería cumplir una persona para aplicar como pareja se alimenta, a menudo, de construcciones culturales como el amor romántico. “Es interesante cómo la idealización del amor romántico sintoniza perfecto con el individualismo reinante, resulta que es mucho más importante mi experiencia que el otro, reducido apenas a un instrumento para alcanzarla”, dice Alcuri.

Cuando las hormonas de los primeros tiempos de la relación se apaciguan (suele suceder a los tres años o antes) y ya no vuelven, la imagen del otro se humaniza y esa aparente perfección se desvanece. Cae la idealización y cae el convencimiento de que se trataba de amor verdadero. “Si el estado placentero que denominamos amor romántico o enamoramiento depende exclusivamente del factor endócrino, está sentenciado desde el comienzo”.

“Cada vez más adultos están teniendo comportamientos inmaduros, no soportan la frustración, no saben sacrificar lo propio en beneficio de la relación, son narcisistas, hacen berrinches, no saben negociar, no tienen autocrítica, creen que nunca se equivocan, mucho menos saben pedir perdón. Una vez que se terminan las endorfinas y la idealización del otro, no les queda nada. No pueden hacer el proceso de crecimiento conjunto hacia otro nivel de relacionamiento”, escribe el psicólogo especializado en terapia de pareja y de familia.

Entonces empieza una nueva búsqueda. Alguien tiene que haber allí afuera que sea más especial, más ideal: en dos palabras, the one, el/la indicado/a. “En estos tiempos, buscar el amor puede ser un camino sin fin porque encontrarlo, para muchos, es más aburrido que seguir buscando. Buscar para no encontrar, así le llamamos en el consultorio”. A su vez, esta búsqueda compite con otras cuantas inquietudes del ser humano actual, que tienen que ver con su realización, ansias de experimentación y ambiciones, que en muchos casos se anteponen a su búsqueda afectiva.

Estado de bienestar. En La pareja ya fue, Alcuri plantea, como esencial para el éxito de una pareja, su crecimiento. Para esto, debe transitar tres edades.

Para salir airosos de la primera, la niñez, hace falta entender que el fin del enamoramiento no tiene por qué ser el fin del amor. Avanzar implica estar dispuestos a pasar por la etapa de conflicto, que no es mala per se y hasta debería ser constructiva. Alcuri se refiere a esta edad como la adolescencia, y establece un paralelismo con esa etapa de la vida en que ese proyecto de adulto empieza a reafirmar su identidad rebelándose y marcando sus diferencias. “No es sensato creer que vamos a coincidir (con el otro) simplemente porque nos queremos. Justamente, porque nos queremos debemos pasar por el conflicto, negociar diferencias, aprender a ceder, y no tenerles miedo a las consecuencias. Las diferencias no amenazan la pareja, solo en el caso de que se trate de personas particularmente inmaduras o dogmáticas”.

Aceptar esas diferencias (“en gustos, en usos y costumbres, en educación, en sensibilidad”) es un rasgo de madurez porque “Nadie puede dejar de ser quién es para vivir en pareja”. Las que triunfan no se aferran a idealismos y ponen mucho de su parte para llegar a acuerdos. Negociación y aceptación.

“Las parejas adultas llegan a serlo después de atravesar muertes y renacimientos”, sostiene Alcuri; “Salieron de las crisis, pero no siguieron igual: cambiaron, aprendieron, se transformaron en aspectos centrales de la relación para poder continuar juntos. Este es uno de sus secretos”.

“No Man Is An Island”, dice el poema que John Donne escribió en 1624 refiriéndose, hace ya 400 años, a que “Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo”. Y sigue: “Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad”.

Esto de que no somos autosuficientes es también la base del planteo de Alcuri en La pareja ya fue, que más que el anuncio del ocaso de una institución es un llamado a volver a apostar por una forma de vida compartida. “En un mundo diseñado para el individualismo salvaje podrá parecer cursi, conservador, pasado de moda o hasta tonto, pero por más que nos empeñemos no podremos prescindir de ese otro. Ese o esa, que vive en pareja con nosotros, no tiene sustituto”.

Salud y bienestar
2023-01-11T14:44:00