El enigma detrás de la buena suerte

Ser optimista es una suerte, es verdad, pero la suerte —o lo que entendemos por suerte—, aunque se asocie con el azar, poco tiene que ver con él. Claro que hay
Publicado el 05.10.2022  - 12 minutos
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Por Patricia Mántaras

Ser optimista es una suerte, es verdad, pero la suerte —o lo que entendemos por suerte—, aunque se asocie con el azar, poco tiene que ver con él.

Sally Hawkins se sintió muy afortunada cuando consiguió el papel estelar en Happy-Go-Lucky. La película estrenada en 2008 en la que interpreta, a su vez, a una treintañera que se siente muy afortunada. Estaba dirigida por el ya consagrado Mike Leigh (Secretos y mentiras, Vera Drake) y la llevó a recorrer festivales y a obtener sus primeros reconocimientos como actriz. Happy-Go-Lucky llegó a Uruguay con el título La felicidad trae suerte, una traducción bastante literal de una expresión que en inglés define a una persona felizmente despreocupada, con una actitud positiva y que acepta lo que pasa a su alrededor sin hacerse demasiado problema. Aunque muchos la tratan como si viviera en otro planeta, alejada por completo de la realidad, lo cierto es que el personaje de Hawkins, Poppy, vive en la Tierra y no tiene una vida perfecta: un trabajo mal pago, una vida amorosa que le gustaría mejorar y una hermana que deja mucho que desear. Solo tiene, al parecer, una tendencia a ponerse los lentes de visión optimista al empezar el día. Muchos la tildan de ingenua, pero ella no deja de mostrarse amable y vanagloriarse de su buena suerte. “Sí, el baño se inundó. Pero ya lo solucionamos. Hemos encontrado un bote”, cuenta riendo por teléfono.

Ser optimista es una suerte, es verdad, pero la suerte —o lo que entendemos por suerte—, aunque se asocie con el azar, poco tiene que ver con él. Claro que hay aspectos de la vida que no se pueden controlar y que en cierto sentido sí dependen del azar (en qué contexto se nace y se vive, si se cuenta con una familia amorosa, si se tienen más o menos recursos económicos), pero hay otros, que a menudo se cree que son casualidades o caprichos del destino, que no son más que el resultado de la sugestión; de cómo pensamos, cómo nos hablamos, las pequeñas decisiones que tomamos. Algo que los psicólogos llaman profecía autocumplida.

El factor optimismo. Evidentemente crucial es esta cualidad que —contrario a lo que se suele creer— se puede aprender y cultivar. “El pesimismo sí tiene una incidencia genética. En cuanto al optimismo, no tanto; tiene que ver con cómo nosotros interpretamos la realidad”, explicó a Galería la psicóloga Mariana Álvez, directora de Psicología Positiva Uruguay.

Una persona optimista cree en sus capacidades y reconoce sus fortalezas, es agradecida, disfruta de la vida, crea vínculos sanos (y también pone límites sanos) y hace foco en los aspectos de su vida sobre los que tiene control y puede incidir. “Los optimistas son personas flexibles y creativas. Cuidan más su salud, por eso tienden a ser más longevos. Son personas perseverantes, resilientes y tienden a ser más efectivos a la hora de alcanzar los objetivos”. Esa manera positiva de ver las cosas es lo que hace que los optimistas se consideren personas afortunadas. 

La penúltima novela de Rosa Montero se titula La buena suerte en referencia a uno de los personajes principales, Raluca, una mujer rumana que vive en un pueblo español de mala muerte que se sacude cada vez que por la ruta aledaña pasa el tren. A Raluca la abandonaron siendo bebé en un parque en pleno invierno. La encontró un hombre y la entregó a la policía. Ese fue su primer golpe de suerte, según ella. A los tres años la adoptó un matrimonio, pero la devolvieron un tiempo después cuando la mujer quedó embarazada. Ese fue su segundo golpe de suerte, porque “eran mala gente”. El resto de su infancia y adolescencia la pasó en casas de acogida y orfanatos hasta que, al cumplir la mayoría de edad, la echaron a su suerte. Un año más tarde la soledad la enloqueció al punto que terminó en un hospital psiquiátrico. Entonces vendría su tercer golpe de suerte. Allí, un psiquiatra quiso “meterle mano”, pero para entonces ya estaba “tan curada” que se pudo ir para no volver más. “Si lo pienso bien, fue una suerte que intentara ligar. Una suerte buenísima. Porque en aquel maldito manicomio si te etiquetaban de loco ya no te volvía a hacer caso ni Dios; y aquel tío lo mismo me hizo caso y me escuchó y me sacó del hospital porque yo le gustaba, o sea que… Bien está lo que bien acaba”.

Al principio puede pasar por delirante ese relato tan disonante que tiene Raluca sobre su pasado, pero después se empieza a entender que esa forma de rescatar lo bueno de entre lo malo es lo que la salvó, y lo que la sigue salvando. Y lo que la hace ser feliz incluso cuando, vistas de afuera, sus circunstancias fueron cuando menos difíciles.

Bien dicen que el mundo es como uno lo percibe. Más allá de algunas adversidades que no aceptan segundas interpretaciones, el resto de los sucesos normales que pueden acontecer en una vida sí pueden verse con distintos cristales: cambiarlos es una decisión. 

La psicología positiva trabaja en cómo alimentar el optimismo con estrategias prácticas, explica Álvez, y menciona el modelo PERMA, también llamado teoría del bienestar. “Te enseña a activar emociones positivas, a encontrar un trabajo en el que puedas aplicar tus fortalezas y tus talentos, que esté alineado con tu esencia. Te enseña a vincularte positivamente con los demás a través de una comunicación constructiva, asertiva, con límites saludables, con honestidad prolija, no honestidad brutal. También ayuda a tener metas realistas y a encontrarle sentido a la vida”, asegura. Ese, según la especialista, es el objetivo más profundo de la felicidad: encontrarle el sentido y el propósito a la vida.

Los malos pensamientos. Todos conocemos a alguien que va por la vida lamentándose de su mala suerte. Irónicamente, no suelen ser las personas que han vivido tragedias las que más se quejan. “Cuando tengo muchos pensamientos negativos o distorsiones cognitivas es que me autoconvenzo de cosas que no son tan reales; la profecía autocumplida”, explica Álvez. “Si me autoconvenzo de algo, inconscientemente voy a actuar en consecuencia de esa creencia. Entonces, si estoy convencido de que tengo mala suerte, lo que voy a hacer es buscar situaciones que refuercen esa idea”. Si alguien piensa que tiene mala suerte en el amor, ante una incipiente relación tomará una posición defensiva; al actuar así, es altamente probable que el otro se sienta atacado, y puede que se aleje. Entonces, el de la “mala suerte” confirmará una vez más que nadie lo quiere. “Pero todo esto no dejó de ser una batalla que jugó en su cabeza; antes de que existiera el rechazo real, ya lo estaba esperando”, dice Álvez. 

Aquel que piensa que tiene mala suerte, entonces, está respondiendo a mandatos inconscientes que él mismo se ha creado, a “malas interpretaciones” que ha hecho de la realidad y que, para cambiarlas, debe aprender a batallar esas interpretaciones de una forma inteligente y sana, basándose en pruebas de la realidad”. Aquello de que la realidad es como la percibimos aplica en este caso: “no vemos el mundo como es, lo vemos como somos, como nos estamos sintiendo en ese momento”. “Como dice la frase —señala la psicóloga citando a Henry Ford—, ‘tanto si piensas que puedes como si no, tienes razón’”.

Charles R. Swindoll (más conocido como Chuck) es un pastor estadounidense nacido en Texas a principios de los años 30 (hoy tiene 87 años) que además fue maestro y escritor. Sus mensajes llegaron a la comunidad cristiana de todo el mundo, pero de todos los textos que escribió uno en particular trascendió las fronteras de la religión: Attitude. “La actitud, para mí, es más importante que los hechos”, escribe Swindoll. “Cuanto más vivo más me doy cuenta del impacto de la actitud en la vida. (...) Es más importante que el pasado, que la educación, que el dinero, que las circunstancias, que los fracasos, que los éxitos, que lo que otra gente piense o diga o haga. Es más importante que la apariencia, el talento o las habilidades. Puede hacer o destruir una compañía, una iglesia, un hogar”. Chuck Swindoll está convencido de que estamos a cargo de nuestras actitudes, y de que la vida es 10% lo que nos pasa, y 90% cómo reaccionamos a eso. “No podemos cambiar nuestro pasado —no podemos cambiar lo inevitable. Lo único que podemos hacer es tocar en la única cuerda que tenemos, y es nuestra actitud”.

De acuerdo a la psicología positiva (y a Swindoll) el ser humano tiene, cada día, una nueva oportunidad de pararse de otra manera frente a la vida. Con las herramientas apropiadas, ser optimista es una elección como cualquier otra. 

Está claro que circunstancias aleatorias pueden llevar a pensar que se está en una buena o en una mala racha, pero vivir y moverse con la convicción de que la nube de la mala fortuna nos acompaña, es fatalista e irrealista. “Si bien hay cosas que sí son del azar, la felicidad es nuestra responsabilidad. Aprender a decir que no, a salirnos de situaciones o personas que nos hacen mucho daño. Y conocernos. Mientras más nos conocemos, mientras más conocemos nuestra luz, nuestras sombras, nuestras fortalezas, nuestras debilidades, es más fácil empezar a generar una vida de acuerdo a quienes somos, más honesta”.

A veces alcanza con tomar conciencia para que todo empiece a fluir mejor.

Pasarse al lado luminoso. Fácil de decir pero no tanto de hacer. Y de eso se trata. La inacción se queda en la queja, y la queja, por muy vehemente que sea, no es más que una manifestación pasiva de algo que se quiere cambiar. Quejarse es, según Álvez, una trampa del cerebro. “Cuando nos quejamos creemos que estamos haciendo algo al respecto, pero en realidad no estamos haciendo nada. Quejarse no es ocuparse, y hay que ocuparse”. Lo que sugiere es preguntarse qué área de la vida sentimos que está “floja”, y qué recursos necesitamos para mejorarla. ¿Necesito aprender algo nuevo? ¿Necesito alejarme de algo? ¿Necesito otro tipo de ayuda? “Me tengo que sentar a pensar, a escribir —a mano porque es mejor para el cerebro— y que fluyan las ideas, y buscar ayuda si lo necesito”.

Lo que se busca, lo deseable de alcanzar, es el optimismo inteligente, que no es lo mismo que la positividad tóxica. En el optimismo inteligente no hay una mirada naif; la persona es absolutamente consciente de lo bueno y de lo malo, pero elige quedarse con lo bueno. “En una situación negativa, devastadora, lo que va a hacer es concentrarse en aquellas cosas que sí funcionan, o en el aprendizaje que pueda tomar de una situación dolorosa; lo que llamamos resiliencia y crecimiento postraumático”, dice Álvez.

En cualquier caso, si se busca, siempre hay aspectos de la vida que están bien, que no cambiaríamos. Y a ellos hay que aferrarse para obtener la energía psíquica necesaria para seguir avanzando.

El problema es que esto supone un rasgo de la naturaleza humana a sortear, que se hizo evidente en el estudio que llevaron adelante los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky en 1979. Su resultado se resume en la teoría de las perspectivas, y en ella queda claro que las pérdidas se valoran dos veces y media más que las ganancias. Hablaban de dinero, pero la conclusión aplica a todos los órdenes de la vida.

El cerebro tiene, además, la habilidad de acostumbrarse rápidamente a lo bueno, y ese es un gran obstáculo para mantenerse feliz. El fenómeno hasta tiene un nombre: adaptación hedonista. Si a una persona le aumentan el sueldo estará contenta un tiempo, hasta que lo naturalice. Lo mismo si conoce a una persona valiosa y empieza una relación: la alegría durará lo que tarde en acostumbrarse a esa nueva realidad. 

La gratitud expresa es lo que puede hacernos más conscientes, además de que ayuda a activar el optimismo al focalizarnos en lo bueno. “Creo que la forma más fácil de sentirse afortunado en la vida real es simplemente siendo conscientes de todas las bendiciones que tenemos, y me refiero a todas: la persona que puede ver, que está sana físicamente; la persona que tiene vínculos saludables; la persona que tiene un trabajo, que encontró una profesión que le gusta, que es capaz de disfrutar de caminar por la playa. De todas las bendiciones que tenemos, tenemos que ser conscientes”, opina Álvez.

Todo esto, por ambicioso o grandilocuente que suene, es en aras de la felicidad, por supuesto. ¿De qué más, si no? De ese estado del que se ha hablado y se habla hasta el cansancio sin llegar a una única definición que la englobe- con justicia. Para Álvez, la felicidad es algo “simple y profundo”, una sensación más parecida a la serenidad que a la euforia, es encontrarse a gusto con lo que se es capaz de construir y buscar las formas para seguir creciendo emocionalmente, es trabajar en la calidad de los pensamientos, peleando contra los negativos, y activar con conciencia emociones positivas. 

La felicidad es un trabajo, dice la psicóloga. Pero un trabajo que vale mucho la pena. Y para eso no hace falta la buena suerte.

Salud y bienestar
2022-10-05T16:14:00