Delfina Martínez: “Lo que intenta lograr la igualdad genera resistencia”

Es asesora en la Secretaría de la Diversidad de la Intendencia de Montevideo, gestora cultural, fotógrafa y activista transfeminista y antirracista.
Publicado el 28.09.2022  - 15 minutos
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Foto: Adrián Echeverriaga

Por Federica Chiarino
@federicachiarino

Su presencia se impone. Sus piernas largas pisan fuerte y en ocasiones luce una trenza gruesa y larga. Se pasea por las calles de Montevideo con seguridad, paso firme y aires de autoconfianza. A veces percibe alguna mirada de prejuicio, algún comentario en susurro. A veces, cuando va a la feria, alguna señora mayor le hace un comentario sobre su altura (mide 1,95 m) y a ella le alegra que sea eso lo que le llama la atención. Pero también en la feria algún puestero se codea con otro y se comentan: “Ahí viene lo tuyo”, en un tono más grosero que jocoso. No le importa. Camina segura, se siente libre. 

Delfina Martínez, de 33 años, se define como “travesti”. Prefiere usar ese término, más histórico, antiguo, para reivindicar a las primeras que se animaron a habitar el género que las identificaba. A esas primeras personas a las que al momento de nacer se les asignó el género masculino pero que se animaron a salir a la calle como mujeres se las llamaba “travestis”. Fueron quienes se enfrentaron a los militares, terminaron presas en algunos casos, asesinadas en otros. De allí resultaron los primeros pasos en la lucha por sus derechos. Prefiere “travesti” antes que “trans”, también por romper con el binarismo que existe bajo el paraguas del término: “hombres o mujeres trans”. 

Su infancia fue “bastante contenida y feliz”. “Nunca me faltó nada. Un padre y una madre presentes, que se encargaban de llevarme a la escuela, darme educación”, agregó. Le llevó varios años animarse a expresar su identidad. Desde los cinco, ya sentía que “no era un varón”. Cuando quedaba sola en su casa se disfrazaba con sábanas como vestidos y jugaba con la ropa de su madre, pero era algo secreto. Una vez una amiga de su madre la vio y se horrorizó, y Martínez entendió que eso era algo que tenía que seguir haciendo en soledad. 

Se crio en una familia evangelista, que iba a la iglesia todos los domingos. Ella fue parte de esa costumbre, compartía algunos valores cristianos que mantiene en la actualidad, pero la religión la hacía sentir que su identidad de género era algo “a reprimir”. Entre los 14 y 15 años decidió apartarse, dejar de ir a la iglesia y se definió, primero como “varón gay”. Y no fue sino hasta los 21 cuando tomó la decisión de habitar su identidad femenina. Tuvo que dedicarse un buen tiempo al trabajo sexual, vivió en Buenos Aires, conoció el activismo, volvió a vivir con sus padres, consiguió otros trabajos, siguió en el activismo, estudió, viajó. Y fue una de las caras principales de la lucha por la aprobación de la Ley Integral para las Personas Trans, una norma “de vanguardia” a nivel mundial. 

Es setiembre en Uruguay. En el café del Museo de Arte Precolombino e Indígena (MAPI), Martínez comparte con Galería su historia de vida. Habla sobre la situación actual, la suya y la de otros y otras que integran colectivos de travestis y personas trans. También comenta las novedades de este mes de la diversidad, desde su rol como asesora en la Secretaría de la Diversidad de la Intendencia de Montevideo. 

Desde los cinco, edad en la que empezó a autopercibirse diferente, hasta los 21 fueron muchos años. ¿Cómo los vivió?

En la adolescencia me proyectaba a través de mis amigas, siempre tenía amigas mujeres. Vivía como... ¿Viste la marica que te lleva la cartera? (Se ríe). Mis amigas empezaban a tener sus primeros romances, sus primeros amores, besos, y yo era quien estaba cuidándoles la cartera. Eso me protegió de mucha violencia por parte de los varones, porque siempre tenía alguna amiga de la que gustaban, entonces querían hacerse amigos míos para poder llegar a ella. Pero, por otro lado, también fue como vivir en cierta clandestinidad, siendo espectadora de la vida de otras y otros y no protagonista de la mía.

¿Antes de poder decirse travesti, dio ese primer paso de autodenominarse “varón gay”?

Sí, primero era eso: “Yo no voy a salir con chicas”. Pero tampoco estaba en mi imaginario, porque la palabra travesti en ese momento para mí tenía que ver con lo peyorativo, con la prostitución, con lo marginal. No me quería asociar a eso, era una palabra con la que no me identificaba. Yo fingía demencia. Mis amigas me preguntaban si combinaba una cosa con la otra al momento de vestirse, yo las asesoraba un poco, pero no hablaba mucho de mí. 

¿Su familia siempre se lo tomó bien cuando empezó a expresar su identidad de género?

Sí, todo bárbaro, no hubo ningún problema. Quería hablarlo también con mis padres antes de empezar mi transición en la expresión de género para vivir el día a día. Vivía con ellos, además, entonces me iban a ver. Estaba decidida. También, como sentía que había perdido tanto tiempo, no quería una transición lenta, quería todo ya. Hablé con ellos y les dije que, incluso si ellos no me aceptaban, estaba todo bien, que yo tenía adónde ir, que no pasaba nada.

¿Había planeado todo esperando el rechazo?

Sí, era lo que esperaba. Y fue todo lo contrario. Fue como: “no entendemos mucho de qué va, pero sos nuestro hijo —en ese momento me dijeron así— y te vamos a querer siempre, no tenés que irte a ningún lado”. Eso es lo que hace la diferencia, cómo vos después te autopercibís, cómo es tu autoestima para enfrentarte al mundo. Porque si ya dentro del micromundo que es tu casa, tu familia, te rechazan, del resto de la sociedad vas a esperar el rechazo siempre. Sin embargo, si hay una cuestión de respeto, de amor, de acompañar, salís con otra fuerza a enfrentarte con la discriminación que existe afuera, porque sabés que también hay otras personas que te pueden llegar a querer, acompañar y apoyar.

¿Siente que su infancia y adolescencia fueron un caso excepcional por el apoyo que tuvo de su entorno? 

Sí, en comparación con otras, sí. 

Su infancia transcurrió durante los años 90. ¿Esa etapa hoy se vive con mayor libertad que en ese entonces?

Sí, muchas familias acompañan y ya habilitan la expresión de género de las infancias. En los 90, no se hablaba de eso. Para la palabra  travesti, que era la única identidad de la que en ese momento se hablaba, no existía en el imaginario otra edad que no fuera la adulta y otra posibilidad que no fuera la prostitución y el habitar una feminidad, porque no se hablaba tampoco de varones trans. 

Usted que está en contacto con el colectivo de personas trans, ¿cómo percibe estas realidades?

A las familias que acompañan las veo con admiración. Viste que todo el mundo tiene como ídolos o ídolas en la música, en las artes. Mis ídolas son las madres de las infancias trans. Obviamente, hay padres y madres que todavía lo ven como algo malo y no lo habilitan. Con esas personas no tengo contacto, porque quienes se acercan a los colectivos generalmente son quienes quieren buscar una respuesta por fuera de esta otra que se supone que es “la cura”. Todavía sigue habiendo terapias de reconversión por parte de sectores asociados con lo religioso, con partes más conservadoras y fundamentalistas, que tienen sus profesionales dispersos por la medicina, la psiquiatría, el derecho, todas las ramas. Y lo que hacen es generarles una violencia enorme, de la que yo me salvé pero de la que otros no se salvan, incluso hoy.

A principios de mes el Partido Colorado organizó una charla sobre infancias trans, algo que causó mucha polémica. Por ejemplo, el senador y líder de Cabildo Abierto, Guido Manini Ríos, expresó en su cuenta de Twitter que los que llevaban adelante esta actividad eran “soldados de la ideología de género, que les enseñan a los niños de menos de siete años que el sexo es una construcción social”, y agregó que le parecía “sencillamente perverso”. ¿Qué opina sobre estas expresiones?

La perversión tiene que ver, justamente, con no hablar de los temas, con anular totalmente la autonomía progresiva de una persona y pensar, desde el adultocentrismo, que las personas menores de edad son incapaces totales, que no pueden elegir ni siquiera su propia ropa. Porque se trata de eso. Por otro lado, cuando alguien utiliza el término ideología de género, para mí ya no hay discusión posible. Había una frase que me quedó muy marcada que decía: “La ideología de género que daña y mata es el machismo”. Todo es ideológico, porque cuando nos paramos desde un posicionamiento político determinado —no político-partidario necesariamente—, y queremos hablar de una transformación social, de un cambio de paradigma cultural, de que las personas simplemente sean libres y que “sean”, hay una cuestión ideológica atravesada. Lo mismo pasa con el racismo, con el feminismo. Todo lo que intenta equiparar y lograr la igualdad de acceso genera resistencia.

¿Percibe mucha politización en torno a los derechos de las personas trans?

Sí. Está claro que en estos últimos 15 años del Frente Amplio se ha ampliado la agenda de derechos y no es casual que quienes hayan respondido en contra hayan sido todos políticos de la derecha. No digo que dentro de la derecha no existan algunas pequeñas aperturas de algunas personas que quieren hacer. Pero les digo: suerte en pila (Se ríe). 

¿Pero no cree que tampoco le hace bien al colectivo trans o a su lucha estar asociado solo a un partido, sea cual sea? 

No, claro. Pero da la casualidad de que, justamente, cuando hubo voluntad política sobre los temas fue cuando estuvo el Frente Amplio. Eso es una realidad, más allá de que a mí me gustaría que hoy se siguiera posicionando el tema y se le siguiera dando la misma relevancia. Es algo que no sucede. 

Bueno, fue el Partido Colorado el que impulsó esta charla sobre las infancias trans...

Sí, sí, tal cual. Y yo fui. Fue un ámbito de mucho respeto por cómo se abordó y celebro que haya sucedido. También es poco estratégico, incluso desde los activismos, depender de que en el gobierno esté el único partido que habilita la agenda e impulsa hacia más. Da la casualidad de que, justamente, en este momento no se están haciendo cosas. 

¿En qué cosas cree que la Ley Integral para las Personas Trans no se está cumpliendo?

Por ejemplo, en la totalidad de los llamados para los cupos laborales. Tampoco se cumple en la totalidad con el cupo afro y el cupo para personas con discapacidad. Pero concretamente con el de las personas trans sale algún llamado cada tanto, y muchas veces son contratos temporales, para auxiliar de servicios. No hay mucha opción. Lo que sí se cumple, porque también está bueno decirlo, es lo de la reparatoria, la parte de la pensión que reciben las personas trans que nacieron antes del 31 de diciembre de 1975. 

Foto: Adrián Echeverriaga

Foto: Adrián Echeverriaga

Ocupar otros espacios. La transición hacia vivir su identidad de género comenzó en 2009, cuando casi no existía normativa en Uruguay que contemplara sus derechos. En 2008 se había aprobado la Ley de Identidad de Género, pero Martínez la desconocía, estaba “en otro mundo”, por fuera del activismo, de los espacios de militancia. A los 21 años decidió irse a vivir a Buenos Aires. “En ese momento la única posibilidad que tenía era el comercio sexual”, contó. “En Buenos Aires entendía que iba a trabajar mucho más que acá y que iba a poder obtener los cambios que quería en mi cuerpo”. Vivió en el apartamento de una mujer que le retenía un porcentaje de lo obtenido con su trabajo. “Era una cuestión como de trata”, reconoció. Este fenómeno se repite en muchas ciudades grandes, y Martínez sospecha que también debe suceder en Uruguay, pero “no hay nada identificado”. A la dueña de aquel apartamento en la capital argentina le dejó “fortunas”.

Después de un tiempo alquiló otro apartamento en la misma ciudad con una amiga. Eran independientes, pero el alquiler les costaba “carísimo”, porque quienes se lo alquilaban sabían que ellas ejercían el trabajo sexual y les cobraban “mucho más” que a cualquier otra persona. 

En 2016, un amigo de Martínez la invitó a un festival de cine LGBT en Buenos Aires donde vieron una película documental sobre el activismo travesti en Argentina. Después fueron a un bar, intercambiaron largo rato y Martínez comenzó a informarse sobre otras posibilidades para su vida. “Vi que había otras que estaban ocupando otros espacios y no solo el de la esquina, que hacían otras actividades. Eso me dio más proyección. Ahí empecé a querer volver a Uruguay”. 

Regresó cuando tenía 27 años, de nuevo a la casa de sus padres, lo que le permitió retomar sus estudios. Se anotó en el Liceo IAVA para terminar algunas materias que tenía pendientes, se integró a un colectivo de activistas y se fue abriendo paso en otros lugares.

A Martínez le atraía la cultura y en 2016 vio una oportunidad cuando se hizo la primera edición de la Semana de Arte Trans en Uruguay. “Me interesaba la fotografía, y tenía la idea de hacer una muestra de fotos que mostrara a personas trans en diferentes ámbitos laborales, más allá de la prostitución, para que se dé ese espectro de posibilidades”.

¿Cómo ve a Uruguay en la actualidad en cuanto a derechos y posibilidades para las personas trans y LGBTIQ+ en general, en comparación con países vecinos?

Conozco Argentina y también algo de Brasil, porque tengo mucho vínculo con activistas de allá. Brasil es el país de toda Latinoamérica donde más se matan travestis. La mayoría de los asesinatos son, además, racializados. Pero así como pasa esto, también hay varias que están ocupando lugares de toma de decisión, dirigiendo el rumbo del país. Son las grandes contradicciones que suceden en Brasil.

En Argentina es muy fuerte el activismo social de las travestis, pero es bastante difícil todavía poder acceder a algunos lugares. Y en Uruguay lo que tenemos es la ley trans. Que se cumpla está siendo un poco difícil, y a nivel de la sociedad civil hacemos lo que podemos. Hay una lógica de generar más consenso y más diálogo y de que el cambio sea más progresivo, no ir al choque. Porque también somos tres, entonces, si vamos a prender fuego gomas y cortar la calle, es muy fácil llevarnos presas. Hay que buscar otras estrategias de acuerdo a cada coyuntura política y social. Cada país, además, tiene su identidad. En Uruguay, si bien somos muy parecidos a Argentina, somos mucho menos “piqueteras”, pero eso no quiere decir que no generemos algunos cambios. 

Lucha y celebración. En 2019, Uruguay aprobó la Ley Integral para las Personas Trans, una lucha que tuvo a Martínez como una de las caras visibles. Admitió que por momentos fue un proceso “difícil”, porque los colectivos tuvieron que enfrentar comentarios “horribles” por parte de sectores más conservadores y fundamentalistas. Pero, por otro lado, veían con ilusión y celebraban que se empezara a hablar de las personas trans, que dejaran de ser tabú y prender la televisión a la hora del almuerzo y verse allí. 

“También hubo una apertura de los medios masivos de comunicación para poder posicionar el asunto y darnos el espacio para hablar en primera persona, que era algo que antes no sucedía. Antes, en los únicos lugares en los que se nos consideraban era para hacer reír, para el espectáculo. O por la noticia de que habían matado a una. Solo esas dos posibilidades”, dijo Martínez. La lucha por la aprobación de la ley trans fue entonces “un momento paradigmático para poder contemplar otras posibilidades y otros imaginarios”, añadió.

Rompió muchas barreras en su vida: se integró al ámbito cultural como actriz, participó en una obra en Barcelona, es activista y llegó a lugares donde se toman las decisiones, como la Secretaría de la Diversidad de la Intendencia de Montevideo. ¿Cómo la hacen sentir todos estos logros?

Fueron un montón de cosas que yo ni siquiera había soñado. La primera vez que fui a Europa fue en 2019. Me invitaron al Festival de Lyon, Francia, que nació inspirado en la Semana de Arte Trans uruguaya. Nunca me imaginé que me iban a convocar a participar en la inauguración de un festival que sucedía como resultado de nuestro trabajo acá. En la Secretaría de la Diversidad he propuesto muchas cosas y la mayoría se tomaron. Trabajo muy activamente, no es que solo cumplo con una cuota o con ser yo la política pública o la noticia de “contratamos a una persona trans” y que salga en todos los medios. Tuve la capacidad de romper barreras, pero influyó que tuve siempre un acompañamiento de un montón de gente que creyó en mí y que me eligió para trabajar. Igual fui formándome. Hace poco terminé una Diplomatura en Gestión de Proyectos Culturales del Centro Cultural Paco Urondo, de la Universidad de Buenos Aires. Pero lo que me dio siempre la fuerza y la posibilidad de llegar fue otra persona que me habilitó y que me sostuvo, que me acompañó y creyó en mí antes de que yo misma creyera. 

Maquillaje: Kathia Rivero

Pelo: Afro holística peluquería

Agradecemos a Clara Aguayo, Tavo García, Ghoda y al Museo de Arte Precolombino e Indígena (MAPI) por su colaboración en esta producción.

Personajes
2022-09-28T12:59:00